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viernes, 8 de abril de 2011

Prefiero un buen puerto que un mal barco

Primera temporada - arriba las manos.

Corría el mes de agosto de 2002.  Los vientos parecían soplar suave tras varios huracanes que no vienen al caso. La vida me tenía en un centro de rehabilitación para adictos, por alguna razón, en el rol de psicóloga. Cada día se abría con un mantra religioso que nunca logré memorizar totalmente (la verdad ni un poquito), por lo que mientras todos cerraban con fervor sus ojos para entonarlo, yo movía despacio mis labios con un "msfdndbsm, lkdjaosjnmllkjjda... amén" que encajaba perfecto con el rezo.

Un aquí y ahora... un feedback... un taller... preguntas, respuestas... consultas individuales... lágrimas... puertas cerrándose, otras abriéndose... un buen café... un buen varillo y para la casa. 

Así transcurrían los días a mis 25 años, bastante rutinarios y letárgicos para mi gusto (de ese entonces). Una mañana, llegué como siempre al trabajo. El rezo lo lideró el psicólogo en jefe, pues mi reloj biológico me impedía - y aún trata de hacerlo - llegar a tiempo a cualquier parte. Cuando entré al salón para el aquí y ahora, todos los "usuarios" del centro estaban juiciosos y quietos sentados en sus sillas. Había una cara nueva.

Hombre blanco, rubio, ojos azules, 20 años tal vez, alcohólico, estudiante de Derecho, familia al borde de la desesperación, novia que renunció al tipo, inteligente, humor negro, graduado como sapwala, absolutamente atento a todo lo que se decía. Luego de las presentaciones e introducciones de rigor para los nuevos, entramos en materia con un taller sobre cualquier cosa, qué se yo... sentido de vida, familia y valores... sexo y drogas... en fin. Su mirada fija sobre mis palabras no cesó por días y semanas.

Dos meses más tarde, la mañana era calurosa, la cama pequeña y el sexo insaciable. Su padre tocaba la puerta con rabia mientras tratábamos de vestirnos y organizarnos para, al abrir, poner cara de ingenuos, rojos, sudorosos y felices. La ambivalencia y la polaridad nos dominaron desde un inicio. Mientras yo apoyaba desde el centro su desintoxicación del alcohol, él acolitaba mis trabas y las gozaba. Su familia me veía como el ángel que ayudó a su hijo a salir de la bebida, mientras se percataban de que era un demonio que se tiraba al muchacho en cualquier sitio donde hubiera aire. Muchas noches entraba y salía por la ventana de un cuarto de la casa de mi abuelo que quedaba en un primer piso para gloria de los dos. 

Alguna vez nos fuimos de paseo con mi familia a un hotel en el Quindío donde las habitaciones eran grandes salones con varias camas y un baño en el que nos encontrábamos a las 3:00 a.m. mientras todos dormían plácidamente. Cuando nuestras saturnales se aquietaban, yo salía primero, iba a la cama, me acostaba y escuchaba plácida los pasos que daba mientras salía, caminaba hasta su cama y se acostaba. Una de esas noches post-baño llegué hasta mi cama, me acosté y lo siguiente que escuche a sus primeros pasos fue un grito desgarrador de mi abuelita, seguido de un grito de pánico de él,  que se sostuvieron al unísono durante varios segundos. Pensando que había llegado a su cama, él se acostó al lado de mi abuela, a quien nadie, pero nadie osa acostársele al lado nunca.

Pasamos buenos momentos hasta que aquella novia que había renunciado al tipo se preguntó "¿y por qué a esa le toca el bueno y a mí me tocó el malo?", y acto seguido, él se prestó desinteresadamente a ser el bueno de la pobre mujer solitaria.

Fin primera temporada.